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lunes, 26 de noviembre de 2018

Tres días de humo y música: el fiasco del 3 Day Rock Festival (Estadio Ferrocarril Oeste, mayo de 1996)

Revista Pelo, nro. 489, 1996



Para decirlo en unas pocas palabras, la década del noventa en la Argentina fue un período en el que así como podías comprarte la última tecnología a buen precio y pegarte un buen viaje al exterior, también era posible que al regreso, valija en mano, te encontraras con que te habías quedado sin laburo. Y peor aún: al momento de la búsqueda de un nuevo sustento para comer y pagar las deudas, podías darte cuenta de que las reglas del juego habían cambiado mágicamente en favor de una tecnocracia salvaje demasiado interesada en una nueva juventud flexible. Sí, el país finalmente había entrado en la modernidad tirando dólares a la calle, pero a costa de la venta del patrimonio del Estado y del desmantelamiento de la industria traducido en un violento proceso de pauperización de las clases trabajadoras. 

Sin embargo, sería necio omitir que ese turbio clima de “lluvia de inversiones” tuvo su parte buena en el campo musical, que implicó, entre otras cosas, una inédita afluencia de artistas extranjeros y una también inédita puesta al día con las ediciones discográficas. En otros términos, no sólo los flamantes discos se editaban en simultáneo, sino que había grandes posibilidades de que las bandas vinieran a presentarlos aquí mismo, en la lejana y caótica Buenos Aires. Mientras tanto, con los avances en las comunicaciones y una incipiente Internet, la información llegaba cada vez más rápido y en mayor cantidad, al tiempo que, desde Miami, la versión latina de MTV operaba un fino trabajo de orientación de los gustos en favor de un rock “alternativo” ya convertido en norma, pasteurizado, apto para consumo masivo, sobre todo a partir de la trágica muerte de Kurt Cobain

En ese contexto, y a solo un año del debut de los Rolling Stones en Sudamérica —en lo que significó quizás el pico de lo que se podía esperar en términos de shows internacionales—, ocurrió algo que hoy, veinte años después, permanece muy cómodo en lo alto del ranking de las grandes estafas perpetradas en la historia del espectáculo rockero argentino: el anuncio, fracaso y cancelación del 3 Day Rock Festival, a realizarse en Ferro los días 24, 25 y 26 de mayo de 1996. Tres días de paz y música en los que se presentaría un ejército de bandas extranjeras emergentes, todas absolutamente desconocidas, más un puñado de locales en ascenso. Eran épocas de consumo febril, en las que todo lo que dijera “americano” o “internacional” constituía un potencial foco de atracción para bolastristes con unos cuantos pesos/dólares en el bolsillo; de manera que la lectura espaciotemporal proyectada por el oscuro promotor estadounidense Eric Carlo en ese inicio del ’96, parecía sobradora y oportunista pero no tan descabellada. 

Así, con el reluciente afiche bajo el brazo, Carlo, su secretaria argentina y una traductora se pasaron el primer trimestre del año asomando por cuanta redacción o estación de radio orientada al rock apareciera en la guía telefónica, ofreciendo un combo “irresistible”: nueve bandas americanas (incluyendo tres top underground U.S.A.), cinco jóvenes luminarias argentinas (2 Minutos, Los 7 Delfines, Peligrosos Gorriones, Juana La Loca y Parte del Asunto) y un precio promocional ($20 el campo para los tres días). Eso no podía fallar. O sí: las semanas volaban, la fecha se acercaba y Carlo y compañía sólo habían logrado cosechar un puñado de acuerdos de mutuo beneficio sellados a regañadientes, muchas miradas desconfiadas y, lo peor de todo, apenas unas pocas decenas de tickets vendidos. En rigor, el problema de fondo era que no sólo nadie sabía quién carajo era ese gringo atorrante que quería alquilar Ferro por un fin de semana entero y patear el tablero en el juego de la promoción de espectáculos musicales, sino que tampoco nadie tenía la más mínima pista de los artistas que desfilarían por el escenario de Caballito el siguiente otoño.

En tal sentido, Frank Blumetti, por entonces secretario de redacción de la revista Madhouse, que figuraba como uno de los auspiciantes del evento, recuerda: “Nuestro auspicio fue un canje publicitario, es decir, sin dinero de por medio para ninguna de las partes. Nos olía medio raro todo porque las bandas eran aún más desconocidas y fantasmonas que el cartel del Lollapalooza 2019, lo cual es muchísimo decir. Tampoco tuvimos mucho contacto con los supuestos organizadores, a decir verdad, y eran épocas donde la internet estaba pero aún no se usaba tan comúnmente como ahora para contactar bandas o chequear data”. 

Asimismo, Carlos Pelazzo, ex productor y operador de Radio La Tribu, refuerza todo el halo sospechoso que recubría al acontecimiento: “Un día me invitaron a la oficina de un productor que estaba organizando un festival. El tipo hablaba en inglés y tenía a alguien que le traducía. Me da un demo en cassette con lo que resultó ser un montón de bandas desconocidas, musicalmente muy malas, todas subidas al caballo del grunge. Entonces agarré el demo, fui al programa que yo producía y le dije al conductor, «mirá, a esto destrozalo, decí que es un desastre», así que medio que lo arruiné al aire. En esos días se comentó también que iba a cerrar Charly García”.

Suplemento Sí, Clarín, mayo de 1996.
Nótese, a la derecha, el epígrafe "Los prontuarios". ¿Profecía autocumplida?


Lo cual era estrictamente cierto. A medida que corría el calendario la organización se desmoronaba y los puntos de venta (el Centro de Estudiantes de Filosofía y Letras, la cadena de disquerías Temas, y el propio bunker de la productora en el centro porteño) reportaban movimientos mínimos o nulos, lo que aceleró la activación de un plan de emergencia que incluyó una carrera inverosímil de descuentos y el anuncio “oficial” de un Charly García ya metido hasta el cuello en uno de los períodos más nebulosos de su biografía. 

Pero nada de eso salvó la integridad del 3 Day Rock Festival y, entre el cartel insignificante, el abierto desdén de la prensa y las ventas desastrosas, unos pocos días antes de su realización, Eric Carlo y su pequeño equipo de American Rock Ltd. literalmente desaparecieron del mapa, dejando como únicos rastros una deuda con el Club Ferrocarril Oeste por el alquiler del estadio, cheques sin fondos para las bandas argentinas y una oficina vacía en la calle Uruguay al 800. Amén de que los integrantes de Baby Alive, Brutal DLX, Eastgate o Mark Mason Band, si de verdad existían, jamás se deben enterado de que existía la posibilidad de presentarse en estas latitudes.

“El carácter trucho del evento no se le pasó por alto a nadie, por eso cuando se suspendió no fue la gran sorpresa”, dice Blumetti. “Nosotros habíamos hecho alguna que otra nota, si mal no recuerdo, pero más con espíritu de dejar en claro que éramos meros auspiciantes y no organizadores del evento. Al tipo apenas lo recuerdo, para ser franco. Como siempre, en aquella redacción yo estaba más preocupado por hacer que todos trabajaran y la revista saliera en fecha y sin errores, así que no tenía mucho tiempo para estos personajes”. 

Suplemento Sí, Clarín, mayo de 1996

Pelazzo coincide y entre risas admite que aportó su grano de arena para que esa cosa finalmente no se produjera: “Era muy oscuro; las bandas, terribles, no las conocían ni siquiera allá. Cuando me enteré de la cancelación me pareció una obviedad, pero igual me sentí medio culpable porque me había paseado por todos los programas de La Tribu destrozando al tipo este y a su festival. Bah, en realidad me sentí culpable por Charly. Después se dijo que el chabón hizo lo mismo en Paraguay, pero en verdad no supimos más nada”.

Lo cierto es que el 3 Day Rock Festival quedó en la (des)memoria como uno de los grandes fiascos de la historia del rock en argentina, una estafa que quizás no lo fue en virtud de las pérdidas, sino en tanto lisa y llana subestimación de un público argentino que para mediados de los noventa ya estaba bien acostumbrado a la posibilidad de ver a sus ídolos cara a cara y que no necesitaba tantos espejitos de colores, ni mucho menos un batallón de perfectos desconocidos tan solo portadores de una nacionalidad. O tal vez sí, pero al menos presentados con un poco más de dignidad.


Revista Madhouse, nro. 66, 1996



lunes, 16 de abril de 2018

Radiohead – Tecnópolis, 14/04/2018



Hasta la intelligentzia más pedante y tilinga es capaz de reconocer que Radiohead ha llegado a un nivel que trasciende los gustos y las calificaciones, pero no sobre la base de datos cuantitativos (puntajes, ventas, tickets, ganancias) sino mediante una política de laburo que consiste en jamás dejar de desafiar la capacidad de asombro del espectador, acción acompañada por el descarte casi total de cualquier gesto de revisionismo. A lo que se suma el afán del quinteto de Oxford por entramar una experiencia única e irrepetible en cada parada de la gira antes que el mero cumplimiento de un compromiso.

Y sin duda que lo del sábado 14 fue único e irrepetible para buena parte de las cuarenta mil personas que colmaron el reducido y deficiente espacio destinado al festival Soundhearts, que en la previa había arrojado actuaciones destacadas del colectivo oriental Junun y, más aún, de Flying Lotus, músico y DJ de Los Angeles abocado a una retorcida electrónica ambient. Estos buenos números de apertura, junto con el fresco otoñal, habían dejado el terreno bien allanado para la aparición estelar de los maestros de ceremonia –la segunda en estas tierras–, quienes dispusieron sus figuras bajo una gran pantalla ovalada y acunaron a los presentes con la suavidad de la reciente “Daydreaming”, cuyo climax convirtió al predio en una versión 3D del cielo estrellado del Planetario y desató la primera ovación.

Tras ello, el motorik de “Ful Stop” y los ritmos irregulares de “15 Steps” y “Myxomatosis” habilitaron los primeros movimientos frenéticos de un sonriente Thom Yorke que exhibirá, durante el resto de la noche, una actuación vocal notablemente superior a la del Club Ciudad de nueve años atrás. Asimismo, sus estoicos compañeros de siempre (más el percusionista Clive Deamer) ocuparon sus espacios a la manera de pequeños laboratorios al aire libre, en especial los guitarristas Ed O’Brien y Jonny Greenwood, quienes manejan unos amplios márgenes de improvisación mientras bucean en efectos, teclados y hasta sampleos en tiempo real de emisiones radiales, como pudo verificarse en los asfixiantes trances eléctricos de “Climbing Up The Walls” y “The National Anthem”.

Amparado por un sonido muy nítido al que sin embargo le hubiesen venido bien unos decibeles de más, el primer “hit” que se hizo presente fue “Lucky”, aquella gema floydiana que anticipaba el cierre de Ok Computer (1997), y más tarde también serán de la partida oldie unas fieles versiones de “Let Down”, “My Iron Lung” y “I Might Be Wrong”. Por su parte, “Nude” y “Pyramid Song” concedieron respectivos espacios de lucimiento tanto a Yorke en su uso del falsetto como a Greenwood en el roce de su guitarra con un arco de violín, matizando las oscuras notas de piano de aquel gran segundo track de Amnesiac (2001).

Tampoco faltó la electrónica digna del sello Warp que la banda cooptara en la etapa posterior a su mayor exposición, y tanto la frenética “Idiotheque” como “Feral” y “The Gloaming” (interrumpida por la caída de una valla de seguridad y retomada quince minutos después) bombardearon de bits y flashes de luz enceguecedora a un público emocionado que, hacia el final de la primera tanda de bises, ya había tenido suficiente como para irse a casa flotando a veinte centímetros del suelo. Sobre todo luego de la imponente versión de “Exit Music (For a Film)”, interpretada en medio de un silencio de ópera en el que tranquilamente podría haberse oído caer un alfiler.

Siempre fiel a sus términos, y pese a haber hecho escala en absolutamente toda su discografía, el grupo se reservaría recién para el final la única concesión de “éxitos”, de forma que “Paranoid Android” (aquel magistral resumen de los efectos colaterales de la hipercomunicación) y “Creep” (el tempranero single que podría haberlos dejado en terrenos del one hit wonder) abrieron el karaoke de las líneas más crudas con que Radiohead plantara su cosmovisión allá en la década de los noventa. Una forma de ver las cosas que ha sido acusada de pesimista, depresiva, forzada, autoindulgente, pero que encontró eco en muchas personas que hoy siguen celebrando la permanente inquietud e inconformismo de una banda que, a treinta años de su formación, continúa arreglándoselas para ofrecer shows sencillamente impresionantes.




Setlist: Daydreaming / Ful Stop / 15 Step / Myxomatosis / Lucky / Nude / Pyramid Song / Everything in Its Right Place / Let Down / Bloom / The Numbers / My Iron Lung / The Gloaming / I Might Be Wrong / Weird Fishes/Arpeggi / Feral / Bodysnatchers. Encore: Desert Island Disk / Climbing Up the Walls / There There / Exit Music (for a Film) / The National Anthem / Idioteque. Encore 2: Present Tense / 2 + 2 = 5 / Paranoid Android / Encore 3: Creep.


lunes, 26 de marzo de 2018

Depeche Mode – Estadio Único de La Plata, 24/03/2018



En el principio fue el cine; las personas tuvieron por fin la posibilidad de ver y narrar historias en movimiento gracias a la proyección de luz sobre una rápida sucesión de fotogramas, derivación lógica del arte de la fotografía. Luego irrumpió la televisión; hacia la década de 1960 ya gran parte de la población mundial contaba con un aparato receptor de imágenes y sonido que permitía vivenciar, en la comodidad del living de casa, noticias, películas y entretenimiento al tiempo que, se suponía, en el corto plazo contribuiría a la estupidización progresiva e irreversible de los pasivos y voraces televidentes. Posteriormente, el desarrollo y la evolución de la computadora personal y sus satélites (videojuegos) habilitaron el uso hogareño de una red de intercambio de datos que pronto se convertiría en el motor de la civilización. Tablets, laptops y teléfonos inteligentes serían, ya en el siglo XXI, meras extensiones de los propios cuerpos. Aparatos cuyo extravío, rotura o caducidad generan una sensación de malestar indescriptible.

Pero en vista de la enorme reserva de libros y estudios científicos y filosóficos de la más diversa índole que advierten sobre la excesiva dependencia de las pantallas en la vida (pos)moderna, nos conformaremos aquí con añadir que hoy, en los shows musicales de cualquier género, el despliegue audiovisual ha ocupado un lugar muy difícil de suplantar cuando no está. Dicho de otro modo, hay muchos artistas cuya propuesta puede ser sostenida solamente por el audio, siempre y cuando esté bien balanceado y ecualizado, y hay otros (la mayoría de la escala de estadio) cuyo complemento con las imágenes pasa a ser una parte central de la performance.

En el caso de Depeche Mode, hace ya muchos años –al menos desde la gira World Violation de 1990– que cada una de las canciones de sus conciertos cuentan con una intervención visual de su genial videasta Anton Corbijn, al punto de que gran parte de la imaginería del grupo de Basildon ha quedado atada a las extrañas, oscuras, incluso osadas ideas del artista neerlandés. Se advierte, en todo el acervo de DVDs, clips y grabaciones del público, que las mismas ocupan un papel central en el espectáculo del trío. ¿Pero qué pasaría si, de repente, de buenas a primeras eso desapareciera, se apagara? Pues en rigor no debería ocurrir nada; una banda con la trayectoria y la calidad de DM, que desde 1980 viene cosechando numerosos hitos discográficos de un techno-pop salpicado por un corazón blusero –cada vez más evidente desde el impar Music For The Masses (1987)– debería salir más que airoso de una situación escénica disruptiva, tan solo por el propio peso de las canciones y del carisma incomparable de su vocalista Dave Gahan.

Como ya se sabe (y como pueden leer en esta atinada reseña), el show del sábado pasado en el Estadio Único de La Plata, que recibió a lleno total a estos dioses del rock maquinal tras nueve años de espera, quedó empañado por severos problemas técnicos que obligaron tras el segundo tema (“It's No Good”) a cancelar la participación activa de las pantallas, dejando en el camino no solo las animaciones de Corbijn, sino también a la mayor parte de la concurrencia totalmente privada de la posibilidad de apreciar la fina gestualidad de un frontman catedrático como Gahan, o las pinceladas en primer plano del cerebro Martin Lee Gore. De manera que el espectáculo quedó a merced de un setlist que tenía todos los condimentos para redondear, pese a todo, una noche inolvidable, pero que, asimsimo, sufrió los pormenores de un sistema de sonido deficiente que lo privó del volumen y la ecualización pertinentes. Y he ahí el diagnóstico mayor: una falla visual catastrófica y un audio que dejaba bastante que desear.

Sin embargo, a pesar de todo ello, a fuerza de experiencia, canciones inoxidables y muy buenas versiones de viejos clásicos como “Everything Counts”, “Never Let Me Down Again” o “A Question of Time”, Depeche se cargó el asunto al hombro, ensayó su mejor cara y sacó a flote una situación muy difícil de remontar, habida cuenta de que gran parte de los espectadores había quedado limitado sólo a escucharlos, y mal. Gahan exhibió con creces su gran momento vocal y actoral, Gore interpretó sus segmentos propios (“Insight”, “Home”, “Strangelove”) con la pasión y el compromiso de siempre, y tanto el fundador Andy Fletcher como los ayudantes Peter Gordeno (teclados, bajo) y Christian Eigner (batería) cumplieron sus roles con aceitada dignidad, como si nada hubiese ocurrido.

Pero ocurrió, y las redes “estallaron” y la banda se vio obligada a emitir unas disculpas amén de tirarle un tremendo centro al área de la productora local DGEntertainment, que hoy, con el diario del lunes, asoma como la gran responsable por haber proporcionado equipamiento defectuoso a un conjunto de primer nivel. La fría noche platense, que prometía una verdadera fiesta, había terminado con el público resignado, esperando respuestas, y la retirada albergó la agria sensación de que aquella velada podría haber quedado en la memoria por mejores motivos que la caída del sistema. Simples pantallas. Artefactos que, por cierto, aunque en menor tamaño, todo el tiempo consumimos acríticamente en nuestras vidas cotidianas sin saber todavía cuáles serán las consecuencias reales y que de un momento a otro nos pueden cambiar el día. 



Setlist:
Going Backwards / It's No Good / Barrel of a Gun / A Pain That I'm Used To / Useless / Precious / World in My Eyes / Cover Me / Insight / Home / In Your Room / Where's the Revolution / Everything Counts / Stripped / Enjoy the Silence / Never Let Me Down Again. Encore: Strangelove / Walking in My Shoes / A Question of Time  / Personal Jesus.




miércoles, 17 de mayo de 2017

Slowdive – Niceto, 16/5/2017






Que hasta bandas desconocidas como Slowdive hayan claudicado ante el rescate más-económico-que-emotivo del mercado del regreso, no debe sorprender, pero que lo hayan hecho en compañía de un álbum a la altura de su modesta leyenda (Slowdive, 2017) sí es un gesto digno de destacar. Se trata de ocho canciones que retoman las cosas donde las habían dejado Souvlaki (1993) y Pygmalion (1995), sin intención alguna de homenaje o recreación, aunque sí de fidelidad a ciertos principios: un sonido etéreo, hábilmentemente texturado, en el que unas voces apenas audibles se funden en mares de guitarras tan cargadas de reverberancia que terminan mimetizándose con los teclados. Gracias a esta sobresaliente reaparición, la palabra fraude empieza a desvanecerse y su debut en Buenos Aires se espera con más relax que dubitaciones.

Crecido a la sombra impertinente de My Bloody Valentine y Ride –los mimados de la escena alternativa inglesa de comienzos de los noventa–, el quinteto de Reading tuvo que inventar un acercamiento a Cocteau Twins y al The Cure más denso para otorgar vida propia a un material que les daría satisfacciones artísticas, pero que nunca les permitiría eludir el desastre comercial, en última instancia, el determinante de su eyección del sello Creation a mediados de década. Pese a eso, el hecho de que los líderes Neil Halstead y Rachel Goswell hayan dado vuelta la página con el folk de Mojave 3 como para mantenerse a flote en el panorama indie, sumado a la ola revalorizadora, los ha salvado del olvido total. No todos pueden decir lo mismo.

Sólo así se explica un Niceto abarrotado que logra arrancar sonrisas a sus parcos héroes, armados hasta los dientes con pedaleras aeronáuticas, un volumen altísimo y el exquisito juego de luces que ofrece el lugar. Con semejante amparo, luego de la paisajística introducción de “Slomo”, el grupo desplegó de menor a mayor un torrente de electricidad lo suficientemente abarcativo para dejar a todos los demandantes eructando de empacho: los que querían “hits”, pudieron escuchar “Catch the Breeze”, “Alison”, “When the Sun Hits” y la ingrávida “Souvlaki Space Station”; los que buscaban extractos de viejos EPs consiguieron acreditarse “Avalyn” y “She Calls”; también hubo novedades (“Star Roving”, “Sugar for the Pill”) y hasta el suicida Pygmalion se coló con la psicótica “Crazy for You”. Así y todo, algún espectador que logró mantener los pies sobre la tierra se acordó de pedir “Machine Gun”, a lo que la banda, antes de cerrar, respondió con su cover libre de “Golden Hair” de Syd Barrett. Es que a esa altura del viaje, sinceramente, todo daba lo mismo.

Ya consumado el trip sonoro, el bis “40 Days” marcó el final de un show donde las palabras escasearon –incluso en un día especial debido al cumpleaños de Goswell– y en el que primó una experiencia más corporal que musical, en virtud del placentero trance al que Slowdive sometió a una audiencia hambrienta de vivenciar a los sobrevivientes del shoegaze. Una idea estética que, gracias a las lecciones de los originales y a los que han recogido bien el guante, se resiste a ser incluida en la desagradable bolsa negra de lo anacrónico.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Music Wins – Tecnópolis, 13/11/16



Si Guns N’ Roses en River representó la (auto)celebración de un pasado glorioso y la manera en que está calando a nivel mundial todo el asunto de la nostalgia, el Music Wins, con sus virtudes y limitaciones, se erigió como evento estandarte del “mirar para adelante”, al albergar tanto a artistas desconocidos para el gran público como a leyendas activas de trayectoria pero esquivos a la masividad. Así, a un mes del correcto Festival BUE, y en el marco de una oferta de espectáculos internacionales más que nutrida, el Wins era una cita necesaria para los amantes de esa categoría rara llamada “indie”, que viene a definir a aquellos productos que con mayor o menor éxito comercial, se mueven en los márgenes del mercado y constituyen un polo de atracción tanto para el melómano empedernido como para el snob, estereotipos que muchas veces conviven en la misma persona. Una curaduría exquisita, un espacio relativamente reducido, foodtrucks de comida cara, chicos y chicas con remeras de The Birthday Party, Television, Swans y Einstürzende Neubauten, le aportaron coherencia a un evento bien pensado para satisfacer los requerimientos de un público que viene agigantando la escena local en contraste –incluso resistencia, si se permite– con un panorama mainstream cada vez más patético. Ganó la música, podría repetirse por enésima vez. Aunque casi gana la tormenta, que obligó a retrasar todo una hora.

***

Una vez reorganizada la grilla, a poco de dar puertas, La Femme (16.15) y Mild High Club (16.50) abrieron los escenarios principales (“Music” y “Wins”), unidos por el mismo andamiaje, ante una muy reducida cantidad de gente que observaba aliviada cómo de a poco el cielo empezaba a despejarse. Sin mayores sorpresas tanto por parte de los franceses como de los californianos, serán Kurt Vile and The Violators (17.35) los que arrancarán la primera ovación de la tarde. A medio camino entre la canción americana más rutera y un bagaje noise, los potentes cuarenta minutos del ex The War on Drugs fueron el prólogo perfecto para la australiana Courtney Barnett (18.20), quien junto a su grupo de forajidos coronó a puro guitarrazo una de las actuaciones más esperadas y destacadas de esta edición. Una Barnett encendida y ayudada por un volumen altísimo recorrió su gran disco debut Sometimes I Sit and Think, and Sometimes I Just Sit y confirmó un enorme potencial que deja entrever influencias de Patti Smith, Chrissie Hynde, Nirvana y Sleater-Kinney, manejadas con total desparpajo y libertad.

Hasta aquí todo fue hacia arriba, sin embargo, Edward Sharpe and The Magnetic Zeros (19.05), una especie de caravana gitana pop, se encargó de amesetar una tarde avanzada con una propuesta variopinta que no le rehúye a los gestos “de estadio” con los que su líder Alex Ebert intenta exitosamente ganar la simpatía de propios y ajenos. Ebert charla con el público, camina sobre sus manos, se apropia de “Instant Karma” de Lennon y, tras una despedida sentimentaloide, cede la posta a la primera leyenda del cartel, The Brian Jonestown Massacre (20.10). Pese a tener que lidiar con algunos problemas de sonido, la banda comandada por el parco Anton Newcombe logró levantar una pared de rock psicodélico cimentada en tres guitarras altaneras, unos teclados ingrávidos y el aporte de un panderetista tan carismático como efectivo (Joel Gion). Para mayor justicia de cientos de fans que los esperaban desde hace añares, el sexteto tuvo su merecida revancha en Niceto el martes 15, donde tocó no una, ni dos, sino tres horas.

Acto seguido, era el turno de alguien fiel a sus propios términos y, en consecuencia, dispuesto a privar de solemnidad a todo evento rockero: Mac DeMarco (21.15). Mejor vestido para ir al supermercado que a un concierto propio, el canadiense alternó su lo-fi cristalino con espacios de humor en los que cobró protagonismo el guitarrista Andrew Charles White, aspecto que pudo haber atentado contra la magia del espectáculo si no fuera porque es precisamente eso lo que el músico nacido en 1990 parece querer burlar. Su repertorio transcurre entre gemas perfectas como “Ode To Viceroy” y “My Kind of Woman”, y jams, chistes e “invitados” como la propia novia de DeMarco, quien sobre el final se paseó a caballito de su compañero ante los ojos atónitos de sus numerosos seguidores, mayormente jóvenes que lo aman y le aceptan todo. Hasta las canciones, claro.

De regreso al escenario “Wins”, la noche recibió la cuarta presentación de Primal Scream (22.20) en esta ciudad, en la que se pudo ver, quizás por primera vez aquí, a un Bobby Gillespie contento y gozando de la respuesta de un público que por fin los percibía como debe ser: con buen sonido y buen volumen. Si bien los escoceses arribaron con un nuevo álbum bajo el brazo, Chaosmosis apenas asomó en el set, y la formación reducida (sin vientos, coros ni percusión) se limitó a repasar clásicos como “Higher Than The Sun”, “Loaded” y “Damaged” (junto a Kurt Vile) amén de recaer en la agresividad del eslogan “Shoot Speed/Kill Light” o el dance perverso de “Swastika Eyes”, todo adaptado a un formato rockerísimo en el que se destacó el guitarrista Andrew Innes y la precisa economía de la bajista Simone Butler. Aún careciendo de elementos de color que potenciaran la experiencia (las proyecciones brillaron por su ausencia), Primal Scream sacó chispas al nutrido árbol de influencias que los convirtiera ya hace décadas en una de las bandas más melómanas y revalidó su leyenda con la acostumbrada arrogancia, aunque bien hubieran venido al saldo general al menos veinte minutos más de show. Hay que ver cuánto costaba eso.

Sin pausas de por medio, el tablado “Music” se pobló de aparatos para el cierre de la mano de AIR (23.40), el dúo francés que junto a Daft Punk pusiera al país de Julio Verne a la cabeza del planisferio del pop a fines de los noventa. Los ya veteranos Jean-Benôit Dunkel (teclados) y Nicholas Godin (guitarra, bajo, teclados), auxiliados por dos músicos más, abrieron con la plácida “Venus”, del genial Talkie Walkie (2004) y desarrollaron su muestrario retrofuturista con paradas en su celebrado Moon Safari (1998) y, más sorpresivamente, en el infravalorado 10 000 Hz Legend (2001), haciendo gala, cuándo no, de la más absoluta corrección con cada nota. Sin embargo, así como la calidad indiscutible del dueto quedó ratificada en esta nueva visita, el evento dejó más pendiente que nunca la actuación de AIR en un recinto cerrado, en el que el espectador pueda derrumbarse para volar de la mano de esta gente que, de todos modos, bajo una luna gigante logró entregar un momento placentero a miles de personas que al día siguiente debían levantarse para ir a trabajar.